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Continúa leyendo →: Verano del 49El agua fría titilaba en la espalda destellos metálicos, láminas punzantes de amoníaco llenaban el aire desde el vaquerizo, la hierba, demasiado seca, dañaba las plantas de los pies con mordiscos de astilla y la voz chillona de tía Amelia rompía el runrún de las chicharras con agudos imposibles. -¡Detrás de…
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Continúa leyendo →: Ars farsanteLa cafetera chupchuteaba café desde la torre escondida bajo la tapa, que derramaba el líquido en dos torrentes humeantes y simétricos. Miguel la cogió con cuidado. Sentía que el calor le mordía la mano, a pesar del paño que lo protegía. Vertió el chorro hirviente en la taza que se estremeció…
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Continúa leyendo →: La escalera de MicaelaLa pequeña Micaela no llega a entender la mente maquiavélica que inventa estas máquinas de tortura tan elaboradas. Nada menos que tres escalones, tres. Debe de calibrar bien, si no quiere ir al suelo, pero claro, si clava la vista en los pies, el resto del mundo desaparece, pero qué remedio,…
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Continúa leyendo →: El sueño del vagabundoA Marcel no le ha ido bien la mañana. La frutera, que le pagaba con manzanas su ayuda en la descarga de la mercancía, no ha abierto por enfermedad y la recaudación en el Boulevard Tellene no ha dado más de cinco francos; hubiera sacado más en la Basílica de…
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Continúa leyendo →: La paradoja del pintor-Perdóneme usted.- Le interrumpió Madame Thibaut, la dueña del bistro de la rue Lepic, no lejos del Teatro Montmartre Galabru. El pintor, atento como estaba a la paleta de colores, se limitó a responder con un leve movimiento de cejas. El humo del cigarrillo, pendido de las comisuras de los…

