
«Ser o Estar». Carmela recordó de cómo explicó a sus estudiantes, aquel glorioso año de 1997, las diferencias entre ambos verbos atributivos que, en algunos textos de lengua castellana, los autores simplificaban bajo la categoría de copulativos, porque limitaban su función a unir, sin matices, sujeto y atributo.
Carmela nunca estuvo de acuerdo y se esforzó con denuedo en aclarar su visión: ambos aportaban matices de significado distintos. Si bien «estar» tendía a presentar una cualidad como circunstancial o momentánea, «ser» la presentaba como más estable o definitoria.
Sin embargo, consciente como era de que utilizar terminología filológica complicaría aún más el desorden neuronal que Peláez, alumno de segundo de la ESO, soportaba en cada segundo de su vida adolescente, se tiró al barro y, apelando al ego primate y básico del querubín, le planteó un binomio alcanzable:
«Peláez es bueno»
«Peláez está bueno»
—¿Qué prefieres?
El banano Peláez se relamía la sonrisa untosa, miraba de modo poco sutil a la zona femenina del auditorio y se decantaba satisfecho por la segunda de las opciones, rubricada con una risa bobalicona.
Carmela esperó la ventana de silencio para completar la lección.
—Bien, Peláez ha elegido estar bueno —comprobó de un rápido vistazo la atención de su público menudo y continuó—, pero estar bueno, lo estará hasta los treinta y cinco años, tal vez, si se cuida, hasta los cuarenta y cinco, después pasará a la fase de previejito, viejito y posviejito.
Las risas se atrevieron poco a poco a romper la calma chicha.
—En cambio, si Peláez es bueno, lo es siempre, tenga la edad que tenga. ¿Veis la diferencia entre ser y estar?
Las carcajadas no se reprimieron y Peláez, sin saber aún que estaba ocurriendo, tuvo un atisbo de conciencia sobre la levedad del tiempo y el estado frente a la permanencia del ser, de la esencia.
En más de una ocasión, aplicando aquella misma dicotomía, Carmela, presidenta de la Comunidad Urbanización Golf-Playa Gold 15, expedientó a la fauna local.
El vecino del apartamento 15 «estaba» borracho con una frecuencia preocupante, tanto que pronto pasaría a: el vecino del apartamento 15 «era» un borracho.
La señora del 81 era un encanto y lo seguiría siendo incluso cuando llegara al cementerio de la canción de Mecano.
Por su parte, la esencia de «ser» se manifestaba en su más plena expresión negativa con la niña del 21, la misma que a las cinco y media de la tarde salía vomitada por la puerta de su casa gritando sopranos a pulmón libre, en una idioglosia que tan solo Lucifer y ella misma entendían. Lo hacía para avisar a sus amiguitas de la comunidad de que la hora del juego acababa de empezar; las mismas niñas a las que sus respectivas madres avisaban antes de perderlas de vista:
—Nena, no te me juntes mucho con la niña monstruo que te me asalvajas.
Aquellas madres sabían del significado profundo de «ser»: la pequeña del 21 era, y lo sigue siendo, un monstruo vespertino.
Sin embargo, siempre fue Rodrigo, el jardinero de la urbanización, quien le ofrecía, a la presidenta, las mejores ocasiones no solo de aplicar sus teorías sobre ambos verbos atributivos, sino de constatar la existencia de un descendiente vivo y directo de la más pura estirpe de Lazarillo de Tormes, El Buscón o Estebanillo González, lo mejor y más florido de la picaresca literaria española.
La perfecta constatación de su teoría se produjo aquella mañana, de regreso del quiosco de la esquina, rebelde analógica como era, con sus tres periódicos bajo el brazo, ensimismada, preguntándose qué habría sido de Peláez, tal vez influencer, tal vez político, ambas opciones al mismo nivel de profundidad vital, cuando, al entrar por el portón metálico de la verja exterior vio, tras el seto de arrayanes que separaba la zona de piscina del edificio del conjunto 3, ascender una pequeña nube de humo.
Sin pensarlo, enrolló los tres diarios en un cilindro macizo con el que apagar un fuego a golpes y corrió todo lo rápido que le permitían sus malditos juanetes hacia el origen de sus preocupaciones.
Sin embargo, no encontró las esperadas llamaradas sino a Rodrigo, tumbado de costado, espalda apoyada en el seto, nuca sobre su mano derecha que sujetaba entre dos dedos un Lucky humeante. Codo afianzado en la tierra blanda, cuerpo agandulado extendido y dedos de la mano izquierda hurgando la roña entre los dedos de un pie desnudo. Mantenía los ojos cerrados, el rostro vuelto hacia el cielo, y exhalaba juguetones hilachos de humo blanco con la paz más inspirada.
Carmela retrocedió cinco pasos antes de ser descubierta, consultó su reloj de muñeca, las 9 horas y 11 minutos, e hizo el cálculo:
Hora de entrada del jardinero: 9 en punto.
Desplazamiento desde el portón de entrada hasta el cuarto de herramientas: 2 minutos.
Apertura manual de la puerta: 30 segundos.
Acceso, depósito de mochila y cambio de ropa: 6 minutos.
Comprobación de las tareas asignadas en el panel de control que la misma Carmela había colgado en el corcho sujeto en la pared: 5 minutos.
Recogida de herramientas en el armario técnico: 5 minutos.
Salida e inicio de la jornada: 2 minutos.
No le cuadró.
Rodrigo continuaba meditando la siguiente calada, labios abocinados sobre la boquilla del Lucky, el alma en la paz más plana hasta que escuchó:
—¡Fuego, fuego!
Alzó levemente la cabeza hasta que pudo ver con claridad, por encima del seto, a la presidenta correr hacia él con un amenazante rollo de periódicos alzado sobre la cabeza de Carmela que descargó dos golpes secos sobre su cara acongojada.
Los golpes fueron tajantes, con una virulencia impropia, a su juicio, de una señora mayor. La contundencia de los impactos le produjo una hinchazón inmediata en ambos labios que aún sujetaban el cigarrillo ahora despachurrado. Del extremo colgaban algunos hilachos de tabaco a medio consumir. De uno de los labios, ahora ampliado a la categoría de salchicha alemana, se deslizaba un hilillo sanguinolento de textura sospechosa, entre saliva, sangre y susto. El tabique de la nariz observaba levemente hacia oriente y un zumbido inquietante en ambos oídos acolchaba su mente, ya de por sí abotargada. Aun en ese estado, el jardinero mantenía con fruición la labor de hurgarse los dedos de los pies en busca y captura de cuanta mugre pudiera encontrar. Daba la sincera sensación, visto desde fuera, que las distintas partes de su anatomía, cabeza, tronco, extremidades y cerebro, estuvieran desconectadas entre sí, especialmente este último, que, con los dos golpes, como si fuera una bola de golf, se encontrara buscando algún agujero en que meterse no lejos de Tombuctú.
—¡Ay, hijo, eres tú! —dijo la señora con voz aterciopelada, casi en falsete.
Rodrigo miraba a Carmela; la presidenta observaba al jardinero.
—Perdona —continuó— pero al ver el humo, pensé que se estaba quemando algo. ¡Fíjate!
Rodrigo se devanaba los sesos intentando comprender qué estaba ocurriendo, sin dejar de meter el índice de su mano derecha entre los dedos del pie desnudo.
—Anda, majo, vete a lavarte ese labio y te pones a trabajar, que hay mucha tarea.
La mujer le dio la espalda y comenzó a alejarse con paso firme. De pronto, a unos metros, se detuvo, giró levemente la cabeza y con un tono muy distinto añadió:
—Y no vuelvas a fumar detrás de los setos, ¿entendido?
Rodrigo, al escuchar esa última frase en su contenido y su registro, tuvo una clara sensación de déjà vu escolar. Se trasladó, por unos instantes, al instituto cuando su tutor lo descubría fumando por los rincones más apartados del patio y, sin poder evitarlo, se puso en pie y con voz rota se atrevió:
—¿Me va a expulsar, señora?
Carmela ignoró la pregunta y siguió caminando hacia el portal de su edificio con la clara convicción de que «ser un vago» se había transformado en «estar acojonado». Dio por buena la mañana. Miró hacia su ventana y comprobó que Pancho, el guacamayo, no había perdido detalle.
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