Impotencia

A Aurora siempre le apasionó la biología. La devoraba en su etapa escolar, aunque pronto la desterró al rincón de las aficiones cuando corroboró en la piel de su hermano lo poco que alimentaba dedicarse a la investigación. No estaba dispuesta a convertirse en fósil académico ni en opositora eterna mantenida por la «paguita» familiar. De modo de que escoró hacia el derecho y se especializó en lo tributario, oficio más rentable. Lo ejerció como consultora fiscal independiente: un despacho alquilado, facturas puntuales y la cuota de autónomos, ese tributo obligatorio al dios implacable del sistema.

La biología, sin embargo, nunca la abandonó. Seguía leyendo revistas de divulgación científica y aplicando sus principios a la sociedad en la que sobrevivía y que analizaba como rata de laboratorio abierta en canal. Su gran axioma era sencillo: el sistema es un cuerpo; la Administración, el órgano supremo; cada individuo, una célula sacrificada en nombre del conjunto. Aurora misma se imaginaba como un joven y rebelde glóbulo blanco que se abría paso por el torrente sanguíneo de lo burocrático para fagocitar errores y salvar a sus clientes del ansia depredadora del monstruo insaciable.

Ocurrió tras el velatorio de Mauro. Su mente y su cuerpo colapsaron. No fue solo la muerte de él, aquel chico con el que llevaba más de tres años de rupturas y reconciliaciones. Eran mitosis defectuosas: se dividían, se unían, volvían a separarse. Hasta que una noche, en pleno periodo de separación y reproches preñados de emoticonos, la naturaleza decidió terminar el experimento de laboratorio con un accidente de tráfico del que alguien la avisó por teléfono. Aurora quedó atrapada en duelo, atrapada entre la culpa y el resentimiento, incapaz de llorar sin dañarse con reproches afilados. A esa herida se sumó el agotamiento de cuatro años de trabajo autónomo, cuentas que nunca cuadraban con su vida personal, balances desequilibrados entre lo que entregaba al sistema y lo que el sistema devolvía.

Un día simplemente no pudo más. El médico escribió «depresión» y extendió una baja de quince días. Ella lo anotó como si fuera un asiento contable: «Inactividad: activo en espera de amortización». La prórroga llegó al mes siguiente: otros treinta días. Después otra, y otra. Cada revisión era como un juicio abreviado: el juez con bata blanca preguntaba «¿cómo se encuentra?» y Aurora respondía con ambigüedad fiscal: «Lo suficientemente mal para seguir sin trabajar, pero no lo bastante bien para volver». Así hasta cumplir seis meses, siempre con la espada de Damocles del INSS y el riesgo de tribunal médico.

Mientras tanto, la cuenta bancaria se convertía en plasma empobrecido: cada treinta de mes la Seguridad Social cobraba con puntualidad la cuota de autónomos, pero no abonaba la prestación con la misma profesionalidad. El cuerpo social se comportaba como un parásito: exprimía a la célula enferma hasta la anemia, sin inyectarle nutrientes. «Un organismo que drena a sus células en lugar de cuidarlas no es un cuerpo, es un tumor», se decía, con la ironía ácida que todavía le servía de mecanismo de defensa.

Las llamadas al INSS se convirtieron en su zoológico privado. Allí fue clasificando a los especímenes administrativos que se atrevían a responder. El mononeuronal de dendrita dura repetía: «su expediente está en revisión, paciencia». El adepto a la valeriana recitaba con voz de púlpito: «los recursos son limitados, la mies es mucha». Y la ameba funcionarial simplemente colgaba tras un minuto de silencio viscoso. Aurora tomaba notas como si redactara un tratado de zoología burocrática. Su antiguo sueño de ser bióloga renacía, pero ahora su laboratorio era la centralita del Estado.

En las noches, la mente volvía a Mauro. Recordaba las discusiones, los reencuentros, las despedidas teatrales y la promesa nunca cumplida de estabilidad. Su muerte repentina la había dejado flotando en un limbo: ni amor ni odio, solo una especie de vacío celular. Apoptosis, pensaba, su cuerpo decidió apagarse y el mío quedó en sombra. Ese duelo se mezclaba con el agotamiento profesional. Había pasado demasiados años sosteniendo un despacho sola, luchando con un sistema que veía a los autónomos como glóbulos desechables. Se sentía doblemente enferma: por dentro y por fuera.

Un día, tras una llamada especialmente cruel, comprendió que ya no había más recursos que interponer. «Mire, señora, todos somos iguales para la Administración. No podemos personalizar. Si no le ha llegado el pago, espere al mes siguiente», le dijo un funcionario con voz mecánica. Aurora sonrió con amargura: claro, todos iguales. Todas las células se reciclan, y las que no rinden se eliminan. Biología pura.

Se levantó del sillón, cogió el portátil y miró la pantalla del ordenador. Abrió la hoja de cálculo con sus pérdidas que mostraba un diagnóstico inapelable: anemia financiera severa, déficit vital crónico. Marcó el número de su médico de cabecera.

—Doctor, soy Aurora. Sí, la baja por depresión… No, ya no necesito más revisiones. Puede darme el alta.
—¿Está segura? —preguntó él, sorprendido.
Aurora sonrió, con ese humor negro que se había vuelto su única máscara.
—Tan segura como una célula que, si no recibe oxígeno del cuerpo, decide salir por su cuenta a buscar aire en otro organismo.

Colgó. Entonces cambió de pestaña en la hoja de cálculo y abrió la titulada «colaboraciones». Allí estaban los nombres de los colegas a los que había derivado a sus clientes durante la baja. Añadió una nueva columna: «Reclamación». Y, uno por uno, fue marcando con una equis a todos aquellos a los que llamaría en cuanto volviera a pisar el despacho. El sistema la había condenado a la apoptosis, pero Aurora no estaba dispuesta a dejar sus nutrientes en manos ajenas.

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Imagen: Sora AI

Soy Liberato Antonio Pérez Marín

Granada, 1964.
Como autor, firmé la novela Erres —finalista del Premio Nadal 2019— bajo el seudónimo Tomás Marín, en honor a mi abuelo materno. He sido finalista del Max Aub y ganador del V Premio Internacional de Narrativa «Ciudad de la Cruz», entre otros.
Me he dedicado a la enseñanza de la literatura en distintos niveles y he impartido análisis de texto y género de opinión para periodistas, muchos de los cuales están en ejercicio profesional y les sigo con interés.
Viajero por naturaleza, prefiero pasar desapercibido para observar: mis historias nacen de ese detalle que surge por azar y se convierte en revelación.
En este blog comparto relatos inéditos, fragmentos y reflexiones sobre el oficio de escribir, invitando siempre al diálogo literario con quien quiera asomarse.