
El amanecer llegó con un silencio espeso, como si la nevada hubiera cubierto también los sonidos. Andrés lo sintió antes de abrir los ojos: ese aire inmóvil, sin vibración, que anuncia una jornada de encierro. Permaneció un rato tendido, escuchando el crujido tenue de la madera que cedía bajo el peso del hielo.
Encendió la estufa de leña con la parsimonia del ritual. Las ramas de olivo, secas y torcidas, prendieron despacio, soltando un olor agrio que se mezcló con el de la ceniza vieja. Se sentó frente al fuego, los brazos apoyados en las rodillas, y observó cómo las llamas ascendían como si buscaran salida por la chimenea. Había vivido muchos inviernos, pero aquel parecía distinto: más callado, más hondo, más solitario.
En el alféizar descansaba la taza del café de la víspera. El poso, reseco, dibujaba un mapa de islas irregulares que Andrés contempló con cierta curiosidad. No era supersticioso, pero en los últimos años había aprendido a leer en los objetos pequeños una especie de conversación muda con el tiempo.
Al otro lado de la ventana, el cielo era un tazón blanco. Los pinos del lindero parecían figuras recortadas en papel. En la pared opuesta, el reloj marcaba las seis y media con un tic-tac obstinado que se confundía con el crepitar del fuego.
Fue entonces cuando escuchó los golpes. Tres, separados, casi tímidos. No era el viento: el viento golpea sin ritmo.
Se levantó despacio, abrochándose la chaqueta de lana. Al abrir la puerta, una ráfaga helada le arañó el rostro. En el umbral, una figura temblaba bajo una manta. El muchacho tenía el rostro enrojecido por el frío y los labios cuarteados.
—¿Puedo entrar? —preguntó en un castellano incierto.
Andrés lo observó apenas un instante. El frío no deja lugar a los protocolos.
—Entre, hombre, entre.
El joven obedeció. Al cerrar, la puerta emitió un gemido largo. El silencio volvió enseguida, más denso aún. El recién llegado permanecía de pie, sin atreverse a avanzar. Del manto caían gotas de agua que se extendían sobre el suelo como pequeñas huellas.
El anciano señaló la silla junto al fuego.
—Siéntese. Se calentará antes.
El muchacho obedeció, extendiendo las manos hacia las brasas. Andrés lo observó de soslayo: la piel morena, los ojos oscuros, el temblor contenido. Había visto rostros parecidos en las campañas de recogida de aceituna. Gente del sur, de más al sur aún, de donde los inviernos no castigan así.
Puso a calentar agua y buscó en la alacena lo que quedaba de pan. Lo partió con lentitud, lo mojó en leche y lo ofreció sin decir palabra.
El joven aceptó, murmurando algo que sonó a agradecimiento.
Durante un rato no hablaron. Solo el fuego rompía el silencio con su respiración irregular.
Cuando el café estuvo listo, Andrés llenó dos tazas.
—¿De dónde viene?
—Del sur. Caminé toda la noche —respondió el muchacho, todavía mirando las llamas.
—¿Y hacia dónde iba?
—Hacia Francia, creo.
La respuesta le arrancó al anciano una sonrisa breve.
—Francia está lejos. Y los sitios también.
El joven levantó la mirada por primera vez. Tenía los ojos serenos, de esos que parecen haber envejecido antes que el cuerpo.
—Me llamo Youssef —dijo.
—Andrés.
No se estrecharon la mano. Bastaba el fuego entre ambos para sellar el trato.
El día transcurrió entre el rumor del viento y el golpeteo de la nieve contra las ventanas. Andrés salió un momento al corral, pero la puerta apenas se abría. El aire cortaba como una navaja. Decidió que el trabajo podía esperar. Al volver, encontró al muchacho dormido en la silla, el cuerpo vencido hacia adelante, las manos abiertas junto al fuego. Cubrió sus hombros con una manta.
La escena le recordó algo, o a alguien. Quizá a su hijo, que partió hace veinte años y nunca regresó. La memoria, pensó, también es un huésped que se presenta sin aviso.
Por la tarde, Youssef despertó y ayudó a cortar leña. Lo hacía con eficacia silenciosa, con la precisión de quien ha trabajado más con las manos que con las palabras. Andrés, mientras tanto, preparaba una sopa sencilla. No se ofrecieron conversación: la convivencia nacía de los gestos, no de las frases.
—¿Cuánto tiempo piensa quedarse? —preguntó el anciano al servir los platos.
—Hasta que el camino se abra —contestó el joven.
Asintieron ambos. En esa frase estaba todo dicho.
La segunda noche, la tormenta arreció. Las contraventanas se agitaban como si alguien golpeara desde fuera. El techo crujía. Youssef dormía en el sofá cubierto con una manta de lana. Andrés, desde su cuarto, escuchó el viento como un animal que rondara la casa.
Soñó con su mujer, muerta hacía ya tres inviernos. Soñó que le servía café mientras la nieve entraba por la ventana abierta. Al despertar, el fuego estaba casi apagado. Bajó en silencio y avivó las brasas. El joven se movió bajo la manta.
—Hace frío —murmuró sin abrir los ojos.
—Ya calienta —respondió Andrés, y añadió—: No hay invierno que dure siempre.
El muchacho sonrió débilmente.
Al día siguiente, el sol asomó entre nubes bajas. Desde la puerta se veía el paisaje transformado en una planicie de luz: los árboles, inmóviles; los tejados, convertidos en pliegues de cristal. Andrés salió con cuidado, hundiendo las botas en la nieve. El silencio exterior era tan perfecto que daba miedo romperlo.
Youssef lo siguió con una pala y juntos despejaron el camino que llegaba hasta el portón. No hablaron mientras trabajaban. El aire olía a leña y a hielo. De cuando en cuando, un cuervo pasaba con un graznido que parecía de otro tiempo.
Cuando terminaron, Andrés lo invitó a entrar. Preparó café y dejó el suyo enfriarse mientras observaba al muchacho escribir en un cuaderno de tapas azules.
—¿Qué escribe? —preguntó, sin curiosidad fingida.
—Una carta para mi madre. —Youssef levantó la vista, con timidez—. No puedo enviarla, pero me gusta imaginar que la lee.
Andrés asintió.
—Mi mujer también escribía cartas que no mandaba. —Hizo una pausa—. Decía que las palabras tienen memoria.
El joven sonrió.
—Entonces quizá le lleguen algún día.
El anciano pensó que, en cierto modo, aquel muchacho hablaba el mismo idioma de su mujer: la fe en las cosas que no necesitan demostrarse.
Durante la tarde, el viento volvió, más leve. El fuego era ya parte del mobiliario sonoro de la casa. Youssef, sentado junto a la ventana, dibujaba algo en el cuaderno. Andrés lo observaba sin interrumpirlo. Cuando el joven se levantó para guardar sus cosas, el anciano se dio cuenta de que el dibujo representaba la casa: el tejado blanco, la estufa encendida, una figura junto al fuego.
—Es usted —dijo Youssef, señalando el dibujo.
Andrés lo miró con cierta vergüenza.
—Me ha sacado más joven.
—Así lo veo.
El anciano no supo qué responder.
Pasaron dos días más. El sol empezó a derretir la nieve del tejado. Por las mañanas se oía el goteo del deshielo. Youssef ayudaba a reparar las tejas, a acarrear agua del pozo, a limpiar la chimenea. Parecía un hijo adoptado por el invierno.
Una tarde, mientras Andrés revisaba el gallinero, el joven se acercó con la mochila al hombro.
—Ya puedo irme. El camino está libre.
El anciano asintió. No dijo nada. Le habría gustado invitarlo a quedarse, pero sabía que toda hospitalidad tiene su frontera.
En la puerta, el muchacho dudó.
—Gracias por dejarme entrar.
—No hay de qué. —Andrés se ajustó la boina—. El fuego se enciende para eso.
Youssef sonrió.
—Volveré, si usted quiere.
El anciano no respondió. Le bastó un gesto con la cabeza.
Lo vio alejarse por el sendero. El aire era limpio, el cielo, de un azul improbable. Los pasos del joven se hundían en la nieve fundida en el barro, dejando una hilera de huellas que pronto se borrarían.
Cuando la figura desapareció entre los pinos, Andrés regresó a la cocina. El cuaderno azul seguía sobre la mesa, abierto por la última página. En ella, con letra minúscula, había una frase escrita en castellano:
“El frío no duele cuando alguien lo comparte”
El anciano pasó los dedos sobre las palabras, con la delicadeza de quien toca una herida. Luego lo cerró y lo colocó junto al retrato de su mujer.
El fuego crepitó. Afuera, el hielo comenzaba a derretirse con un rumor de agua viva.
Andrés se sentó en la silla que había ocupado el joven. Durante unos segundos, le pareció que la casa respiraba.
Y, por primera vez en muchos años, no sintió que la soledad fuera un castigo, sino una forma de compañía.
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Imagen: Sora AI

