
El sol de septiembre cae oblicuo sobre las fachadas de las casas que se alinean en la Calle Real. Tiñe de un oro cansado las aceras casi vacías de la tarde que hierve. El supermercado, a esta hora, acoge las compras urgentes de la cena no planificada, de quienes buscan las ofertas del día.
Ella avanza con paso firme, la bolsa de tela bajo un brazo y al hijo sujeto del otro, que se inclina hacia adelante como si el aire lo empujara. Tropieza, corrige el equilibrio con los brazos extendidos, y aun así sonríe con esa boca que parece querer decir algo y que nunca termina de pronunciar. El padre camina unos pasos detrás, vigilando la estabilidad del muchacho, con las manos listas para sostenerlo si la torpeza se volviera caída.
Al llegar a la puerta del supermercado, la mujer se inclina, le sonríe tranquilizadora y le acaricia el rostro. El joven cierra los ojos de inmediato, como si aquel roce fuese un refugio que aboliera todo ruido. Es un instante suspendido donde solo existe el contacto de la piel. Luego lo deja junto al padre, que busca asiento en un banco de piedra bajo un árbol pobre en sombra. El mecánico se deja caer con un suspiro, todavía con las manos manchadas de grasa, el torso inclinado hacia adelante y la respiración densa por el calor de la tarde.
El hijo, tambaleante, se acerca al padre. Apoya el pie torcido, extiende los brazos en un gesto de equilibrio y alza la cara al cielo. Sonríe, luminoso, como si ignorara la palabra “límite”. El padre lo contempla en silencio. No dice nada: solo deja que los ojos, cansados pero enteros, se llenen de esa imagen, acumulando en la mirada un amor sereno, sólido como la piedra en que reposa. Cuando el muchacho está lo suficientemente cerca, abstraído en su mundo, el hombre roza con sus dedos la mano para que sepa que bajo ese cielo que observa y en el que sumerge, él está cerca, dándole seguridad.
Al otro lado de la calle, un coche aguarda la luz verde del semáforo. El conductor ha reparado en ellos desde el principio: la mujer paciente, el hijo afortunado y el padre fatigado, pero atento. Observa fascinado aquella coreografía de fragilidad y cuidado, de ternura y cansancio, que se desarrolla en secreto al margen del tráfico y las prisas.
Una bocina lo arranca de su ensimismamiento. Pone en marcha el coche, obediente, pero lleva consigo la escena adherida a los ojos: un gesto mínimo de amor bajo el sol ardiente de septiembre, tan real y tan hondo que desarma cualquier prejuicio.
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Imagen: Sora AI

