
El verano está acabando sin que el calor dé la más mínima tregua, por lo que la piscina mantiene su protagonismo ruidoso. Es la capital administrativa, logística y de comunicación de toda la urbanización que, por la estructura cerrada de sus edificios, es una perfecta caja de resonancia digna del mejor de los teatros griegos: lo que se habla abajo se escucha en el último de los pisos con una definición perfecta.
No hace dos semanas que el presidente de la comunidad ha ejecutado la orden municipal de reducir, en los jardines privados, el número de árboles a causa de la pertinaz sequía y, de los dos que absorben el agua de la urbanización, ha sido sacrificado el sauce llorón de Carmela.
La profesora jubilada no lo encajó bien y anduvo tras el presidente para, al menos, trasladarle su descontento.
Hilando cabos, el más alto mandatario de la Urbanización Golf-Playa Premium Gold 15 es el padre de uno de los pequeños simios matones que la catalogaron con el, para nada amable, calificativo de «pirata con parche» antes de salir en estampida, algo que imita el padre cada vez que éste advierte que Carmela se le acerca con el dedo índice alzado, que si bien para ella no va más allá de mostrar su intención de pedir la palabra al más puro estilo escolar, él lo traduce como una advertencia del lugar al que lo va a enviar de manera inapelable.
A la quinta se da por vencida y se convence de la conveniencia de cobijarse bajo una de las sombrillas comunitarias antes que dejarse llevar por el melanoma. Hay que cuidarse, aunque ya no sea un sujeto productivo de la sociedad.
El inconveniente de esta opción es la de tener que soportar la cercanía de especímenes humanos sean recomendables o no, que para ella vienen a ser lo mismo, pero Carmela confía en que la fama que han derramado los pequeños apes sobre su persona puede que produzca un efecto fairy que mantenga la grasa alejada del espacio escogido para su lectura diaria al aire libre, sin embargo, este anhelo que queda frustrado a la primera de cambio.
─ Hola soy María, la ocupa del tercero.
La profesora se la queda mirando sorprendida por una revelación tan directa como transgresora.
─ Tú eres la del loro, ¿verdad?
Carmela la sigue observando de hito en hito.
─ Tienes pinta de persona que piensa y medita, no como estos burgueses acomodados al capital esclavizador de la masa trabajadora.
A Carmela le sorprende que a esa criatura le quepa tanto sustantivo en las entendederas, pero se arrepiente de haber dedicado ese leve esfuerzo mental cuando cae en la cuenta de que en el fondo María no hace más que imitar la costumbre de su guacamayo: repite lo que oye y lo suelta sin pensar.
A pesar de su primera intención, la de volver la vista a las páginas del libro que tienen entre manos, decide responder a su interlocutora, una joven de unos veintitantos años con bikini caro y brochas oscuras e hirsutas emanando de las axilas. De su cabeza medio rapada mordiscos de peluquero loco caen varios zurullos de pelo y cera que se suelen conocer como rastas.
─ Y dices que eres la ocupa del tercero.
─ Sí, del tercero derecha, puerta tres.
─ Ya. Del tercero derecha de portal tres. Muy bien hija, muy bien.
─ Y tú, ¿a qué te dedicas?
─ Pues hasta hace un instante a leer este libro, ¿ves?, éste.
Carmela le enseña la portada y le señala el título con el dedo índice.
─ Y dices que eres ocupa.
─ Sí, yo soy luchadora por el derecho a la vivienda digna de la gente joven a la que, a pesar de todo lo que se le promete, no dan las suficientes oportunidades.
─ Vaya por Dios. Y una pregunta rica, ¿el dueño del piso qué te dice?
─ Y ¿por qué sobrentiendes que es un dueño y no una dueña?
─ Es un genérico, si supiera que es dueña la que ostenta la propiedad hubiera utilizado el género femenino, disculpa mi pésima capacidad adivinatoria.
─ Veo que te has educado en el sistema patriarca, heterosexual y occidental.
─ Difícil que lo hubiera hecho en el patriarcado heterosexual de Medio Oriente o del lejano Japón ya que soy indígena de Hispania. Pero vuelvo a mi pregunta, ¿Qué opina la propiedad?
─ Nada.
─ ¿No se han puesto en contacto contigo de forma directa o a través de la policía, que presumo opresora a tu juicio?
─ Sí, eso sí. Estamos en continuo contacto, sobre todo cuando voy a su casa a tomar la parte de sustento que me corresponde por nacimiento.
Carmela se queda atónita.
─ ¿No sólo les ocupas el piso, sino que les saqueas el frigorífico?
─ Claro son mis engendradores.
─ Vamos, tus padres.
─ Eso suena muy heteropatriarcal.
─ Tu madre y tu padre.
─ Sí.
─ Pero si son tus engendradores, la casa que les ocupas es también tuya.
─ No porque yo he rechazado cualquier propiedad propia o heredada. Eso es muy burgués.
─ A ver si me entero, ellos viven en un piso y tú en otro que les pertenece.
─ Así es. Un piso que les ocupo en reivindicación de la propiedad digna para…
─ Ya, déjalo estar. La siguiente pregunta. ¿Trabajas?
─ Vivo de mi arte que espero que en algún momento tenga el reconocimiento de la sociedad y por tanto me permita vivir de él.
─ Mientras tanto vives de tus engendradores. Entiendo. Ley de vida. ¿Y qué tipo de arte es el que engendras?
─ Éste.
La joven saca un iphone 13 Pro de un bolso trenzado de colores, del que se suben fragmentos de aroma herbal, y le muestra unas fotografías de unas cartulinas con garabatos trazados con pintura al agua que Carmela evalúa, experimentada docente, sobre un nivel de cuarto de primaria corto.
─ Muy bien, bonita, pronto en el Reina Sofía.
─ No, ahí me niego hasta que no se llame Museo de la República.
─ Veo que vienes con todo el lote aprendido. Y oye, ya que estamos ¿no tienes calor con esas dos almohadillas que tienes en las axilas?
─ Es otra reivindicación por la libertad. Nada de opresión estética a la que veo que te has rendido.
─ No hija, es por cuestión de higiene, a menos pelos menos cultivo bacteriano, lo que significa que menos jabón contaminante que utilizar, lo contrario, obviamente, es el Orgullo Guarro.
La chica se queda pensativa. Carmela casi podría asegurar que escucha sus engranajes cerebrales en movimiento chirriante.
─ Si me permites, déjame que te dé mi más sincera opinión. En todos mis años como docente he tenido la oportunidad de conocer familias en situaciones muy difíciles. Paro, enfermedades, divorcios, incluso suicidios; es lo que da tener más de treinta alumnos por clase al año. Me he topado con la miseria de una sociedad muy imperfecta en la que sólo importa lo inmediato y cercano, en la que el estado de confort propio es sagrado mientras se observa, a la hora de comer, el telediario que informa de cómo el mundo se mata, donde la opinión del lerdo vale tanto como la de la persona más sabia gracias al abaratamiento del acceso a la difusión de verdades relativas y emocionales que son las redes sociales y sobre todo gracias a que la opinión del ofendido vale más que la del prudente. Una sociedad de la apariencia y la supuesta transgresión cultural traducida en una chica masticando chicle con la boca abierta mientras repite, al son de una música repetitiva, palabras con apenas sentido. No ha caído en la cuenta de que esos juegos de vocabulario ya los hizo el dadaísmo en los veinte del siglo pasado. Es una broma que tú, idealista malcriada, juegues a ser pobre y solidaria cuando no te falta el pan regalado. No lo has sudado y consideras que tienes derecho a él. Y no me vayas a decir que es heteropatriarcal, ni occidental, ni me interpretes a Michel Foucault ni a Jacques Derrida, porque te aseguro que mientras aún no eras ni proyecto de esperma yo ya los había leído y analizado.
María la mira. Ha abierto la boca inconscientemente. Tras unos segundos reacciona.
─ Bueno, pues me voy.
Carmela vuelve a su lectura. Ya se ha olvidado de la joven ocupa del piso de la playa de sus padres que se dirige al portal tres.
El presidente de la comunidad pasa bajo el soportal observando de soslayo a la profesora jubilada. Reza para que no lo vuelva a amenazar, mientras Pancho, el guacamayo protector, vigila que no se acerque demasiado a su amiga.
Texto: Liberato 2022 ©
Foto: Lewis-Hine «Una pequeña hilandera en la factoría Mollohan Mills, Newberry, Carolina del Sur» (1908) ©


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