La crisis del bipartidismo y el surgimiento de los nuevos mesías

Artículo referenciado por Charo Toscano, periodista y experta en Inbound Government, en los diarios:

https://www.huelvainformacion.es/huelva/relato-politico-fin-bipartidismo_0_1398760693.html

https://www.diariodesevilla.es/andalucia/relato-politico-fin-bipartidismo_0_1398760693.html

Los españoles no suelen cambiar el color político del Gobierno a menos que se produzca un acontecimiento que los zarandee, y a la experiencia me remito: la crisis de los últimos gobiernos de González, los atentad os de Atocha, la debacle económica de 2008…

En 2011 llegó el candidato del PP, Mariano Rajoy, no por mérito propio sino por los errores de la otra orilla, bajo las auras de sabio y gobernante, todo en uno, que tenía como misión alejar a los hombres de negro que amenazaban con la rebaja a la infancia financiera y la supervisión paternal de Bruselas-Berlín.

Si bien le costaban ya los mencionados arquetipos, ni que decir tiene que el tercero imprescindible para tiempos oblicuos, el arquetipo del héroe que describe Jung, se quedaba muy fuera de su alcance, y este punto quedó patente cuando evitaba el enfrentamiento directo con los periodistas en aquella rueda de prensa en diferido.

Para esos menesteres de batirse el cobre, tenía a sus fieles asistentes, los escuderos, que pugnaban entre sí por encarnar el arquetipo del forajido, el personaje transgresor, agresivo, repartido entre Santamaría y Hernando, que en su peor versión llegaba a ser autodestructivo para su imagen personal.

El estoicismo hispano o la resiliencia en nuestros genes nos hicieron aceptar el coche recién comprado, al que siempre se le ven más virtudes y menos defectos; ¡maldito optimismo o vergüenza de habernos equivocado! Aunque en el fondo resultaba ser un vehículo de serie con pocos extras que marchaba gracias al empuje del motor alemán que tenía incrustado.

Hasta ese momento respiraba el bipartidismo; pero el sobrino respondón no quiso conformarse y, bien aprendida la teoría universitaria, llevó a la práctica las primeras fases de la protesta callejera de manual.

Iglesias se santificó como el nuevo mesías. El salvador-héroe, que convenientemente aportaba la estética del hombre barbado de pelo largo, cuidadosamente descuidado, mirada profunda y ademanes contenidos, por el momento, a cuyo alrededor se reunieron los apóstoles del nuevo comunismo, un remozamiento de la vieja Izquierda Unida que sobrevivía, marginal y nostálgica, con la mirada en arrobo dirigida hacia Cuba, como si fuera el paraíso perdido de John Milton.

Por entonces Rivera, con una pléyade de notables, se defendía y atacaba en Cataluña por unos resultados mínimos. Aún no era nadie a nivel nacional, y su arquetipo estaba por definir.

Rubalcaba, por el PSOE, encarnaba al viejo sabio que, con toda certeza, asumía que era el rostro de una transición a un liderazgo joven y renovado que traería nuevo ímpetu a los socialistas.

En la calle, el germen de Podemos generó una expectación abrumadora, como el de una religión atea que levantaba esperanzas. Surgía en los partidos de siempre la necesidad de estrategia, más en la izquierda que en la derecha, siempre reacia, por su lógica conservadora, a experimentos fuera del ámbito de la gaseosa.

El mesías-héroe parecía tener el don de la ubicuidad gracias a las redes sociales, jóvenes, frescas, vía de la buena nueva progresista que llegaba a cada rincón de los smartphones. Pablo Iglesias encarnó esa imagen idealista, agresiva con los fariseos y comprensiva con los pobres, que aprovechó la coyuntura, la brutal crisis económica mundial, para hacerse un hueco a codazos tanto a su derecha, el PSOE, como a su izquierda, IU y antisistema, antidesahucios, ecologistas, tendencias veganas y una larga hilera de ismos que al final acogió con beatífica satisfacción personal.

Al tiempo que los independentistas catalanes continuaban con su relato de héroes-creadores que con oportunidad explotaban ese eterno victimismo que tanto da de sí, para pasar al arquetipo de guerreros que se enfrentan a las injusticias diseñadas por un perfecto estudio de mercado y un largo recorrido de diseño publicitario y marketiniano. Al grito de a las urnas, aprovechando la debilidad del poder central

Al PSOE le llegó el momento de elegir un nuevo rostro y se decantó, en primarias, por Pedro Sánchez, dejando a un lado las opciones que aportaban Madina y Pérez Tapias. Pedro Sánchez no podía encarnar aún ningún arquetipo en este relato político. La razón era simple: no tenía biografía política suficiente y debía demostrar sus capacidades.

Entró en juego la estrategia de marketing y el Secretario General de los socialistas se lanzó a los platós de televisión creando un discurso progresista que enfrentaba al del anciano gobernante Rajoy y su agresiva escudera Sáez de Santamaría, la guerrera despiadada que disfrutaba repartiendo mandobles mientras destelleaba su ojo más cruel.

Llegaron las elecciones generales de 2015 con cuatro partidos nacionales.

Por entonces, Miguel Castillo, mi viejo maestro, me comentó, mientras apuraba su habitual taza de chocolate y su puro prohibido, que no creía que hubiera tanto votante para tanto partido, que al fin y al cabo cuantas menos opciones menos posibilidad de equivocación.

Matices, le repliqué, ahora hay más matices.

Y continué recordándole los tiempos en que solo existían dos cadenas de televisión; una de ellas, la UHF, más tarde la 2, no era más que manchas oscuras en movimiento bajo una manta de estática. Los espectadores eran los mismos entonces que hoy, cuando faltan dedos para contar toda la oferta.

Tuvo que reconocerlo y, como buen profesor de física jubilado, parafraseó aquel principio aplicándolo al ámbito político: los votantes ni se crean ni se destruyen, tan solo se abstienen o cambian su voto.

La segunda legislatura de Rajoy demostró que este era el arquetipo de gobernante caduco y sin fuerzas, que abandonaba parte de sus asuntos de Estado en manos de los validos. La decadencia del partido y la institucional era aprovechada por el independentismo catalán que enfrentaba su storytelling, perfectamente diseñado por la Generalitat y sus guerreros, al inexistente relato por improvisado del Gobierno de la Nación.

Foto: Rodney Smith: AJ en escalera , 1994

Texto: © Liberato 2019

Soy Liberato Antonio Pérez Marín

Granada, 1964.
Como autor, firmé la novela Erres —finalista del Premio Nadal 2019— bajo el seudónimo Tomás Marín, en honor a mi abuelo materno. He sido finalista del Max Aub y ganador del V Premio Internacional de Narrativa «Ciudad de la Cruz», entre otros.
Me he dedicado a la enseñanza de la literatura en distintos niveles y he impartido análisis de texto y género de opinión para periodistas, muchos de los cuales están en ejercicio profesional y les sigo con interés.
Viajero por naturaleza, prefiero pasar desapercibido para observar: mis historias nacen de ese detalle que surge por azar y se convierte en revelación.
En este blog comparto relatos inéditos, fragmentos y reflexiones sobre el oficio de escribir, invitando siempre al diálogo literario con quien quiera asomarse.