
Miguel lanza hipidos desde el fondo del pasillo de primaria.
Sus compañeros están en el recreo sudando el balón, persiguiendo entre los plátanos de sombra o jugando nanolimpiadas en las barandillas que rodean el campo de fútbol.
A Miguel le disgusta que lo vean llorar y se ha escondido en el único lugar de todo el Colegio que en esos momentos se encuentra vacío, la zona de aula. Al menos eso creía él hasta que vio aparecer por el otro extremo del corredor a la profesora de Plástica, la señorita Anita, conocida por el común de la población académica como la Flower Power, que Miguel no llega a traducir porque él no pasa más allá del yes we can, aquello del my name is Michael se quedó atrás en las redes sociales de educación infantil.
La mujer viene canturreando entre pasitos de vals ridículos, embadurnada con su falda talar y una blusa de un blanco impoluto con ribetes de manchas de plastilina en los bordes de las mangas.
A Miguel, esta señora le da repelús porque siempre intenta enterarse de todo lo que ocurre en el Colegio y si no lo consigue, hay quien dice que se lo inventa.
El niño se limpia las mejillas con el dorso de la mano y clava la mirada en el suelo para esconder el enrojecimiento delator.
—¿Qué haces aquí triste, Miguelito?
—No estoy triste, señorita.
—Hay que ser feliz siempre, Miguelito, y poner buena cara a todo.
—No estoy triste.
—Hay que ser positivo, siempre positivo y cuando la vida se tuerce, hay que sonreírle, Miguelito.
—Pero es que no estoy triste, señorita.
—No Miguelito, esa actitud no, ¿eh?, no. La vida hay siempre que buscarle el lado bueno, porque te aseguro que siempre tiene uno.
—Seño, no me escucha.
—Yo escucho siempre, pero siempre, siempre, lo bueno.
—Señorita, no estoy triste y es que me duele el dedo que me he pillado con la puerta y no quiero pensar en algo bueno, solo esperar a que se me pase el dolor y para eso tengo que llorar.
Liberato ©2016
Foto: Robert Doisneau



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