Cuando Friedrich salió de la Estación Südbahnhof, tras varios meses de internamiento e interrogatorios en un campo de prisioneros, sintió que ya estaba en casa. Allá enfrente se extendía el barrio Belvedere y más allá el Schweizergarten, que aún conservaba parte de sus jardines.
Volvía con poco equipaje, tan solo una carta de libertad, firmada por las autoridades de ocupación, un mendrugo de pan duro y las viejas heridas que asomaban impertinentes.
Respiró hondo, con la intención de rastrear aromas familiares, mientras consideraba cómo las ideas y las convicciones oblicuas llevaron al hombre a cometer atrocidades.
Le llegó una brizna de aire, que reconoció de su infancia. Volvió el rostro en busca de su origen y vio a dos soldados rusos tomar café vienés bajo los soportales del Café Griensteidl.
Dos pensamientos pasaron por su cabeza, la certeza de que todo había cambiado y la seguridad de que el mundo había aprendido la lección.
Liberato © 2016
Foto: Ernst Haas: Homecoming soldier, Vienna, 1946-1948




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